viernes, 20 de agosto de 2010

La Reina del Meu Cor



"La Reina del Meu Cor"

Todo el mundo opinaba que eran la pareja perfecta: Ella pequeña y bien formada, él larguiducho y de rasgos torpes. Ella coqueta y caprichosa, él sencillo y generoso. Ella egoísta y vanidosa, él todo corazón. Ella hija de un noble arruinado, él un tipo al que le había ido bien, pero que muy bien, su negocio.

Mr. Goose era consciente de lo afortunado que era. La vida le había sonreído cuando la Reina de Inglaterra decicidió que las pantuflas que él fabricaba eran las mejores del mundo. Desde ese momento todo habitante de la isla quería tener unas pantuflas Mr. Goose y su humilde negocio creció como la espuma.
Cuando él pensaba que no podía ser más afortunado, uno de sus empleados apareció un día en su oficina: una clienta exigía que la atendiese el mismísimo Mr. Goose en persona, ningún otro podría tocar sus refinadísimos pies. Así fue como conoció a Lady Foxy, la que él coronaría como "La Reina de su Corazón".

Lady Foxy era una relamida señorita de buen comer y mejor vivir. Estaba obsesionada con el orden y la perfección, y no soportaba que nadie la tocara ni a ella, ni a sus cosas. Por estos motivos la única criada con la que se supo llevar y que a su vez fue capaz de soportarla fue Anna, una joven medio judía, poco habladora y muy ordenada, que padecía el síndrome de Asperger.
Su máximo disfrute y en lo que ella invertía casi todo su tiempo, era en humillar a sus "queridas amigas". Quedaba con ellas todos los días para dar un paseo y luego a tomar el té. Una zancadilla ante los nobles del barrio, un comentario jocoso soltado de manera falsamente inocente, hasta le pedía a Anna que fuera a cazar ranas al estanque para colocárlas en el té de sus invitadas y morirse de la risa mientras éstas trataban de aguantar las arcadas.

Mr. Goose y Lady Foxy sólo se veían una vez al día: a la hora de la cena. Lady Foxy hablaba sin parar de todas las frivolidades que hacía a lo largo del día, mientras Mr. Goose la miraba embobado como si de un ángel se tratara. Todas las noches acababan igual, tras la cena Lady Foxy le contaba a Mr. Goose todas las maldades que tenía previstas hacer a sus amigas al día siguiente, mientras éste le masajeaba los pies. Cuando el masaje en los pies empezaba a pasar a un plano más cariñoso, Lady Foxy se levantaba de golpe y se retiraba a sus aposentos alegando un terrible cansancio. Mr. Goose no se sentía molesto con esta actitud, es más le gustaba, la hacía fruto de una inocencia que el resto del mundo sabía de sobras que no existía.

Todos los jueves Lady Foxy se reunía con sus amigas en un local cerca del puerto para jugar su partida semanal de Cribbage. A esta partida acababan siendo invitados los rudos marineros que desembarcaban temporalmente en esos días. En un principio Lady Foxy siempre era discreta, como queriendo pasar despercibida (cosa que no conseguía), pero pronto dejaba ver sus verdaderas intenciones: lo que hacía era tantear el terreno, ver por qué marineros se sentían atraídas sus compañeras para después atacar allá dónde más dolía. Una vez se desfogaba con su trofeo, lo abandonaba insensiblemente para volver a casa a ser adorada por su masajeador de pies.

Mr. Goose estaba acostumbrado a cenar solo la noche de los jueves ya que Lady  Foxy tenía su partida de Cribbage. Aunque echaba de menos su imagen angelical, sus oídos no podían evitar sentirse aliviados.
Aquel jueves ese alivio duró poco, aún no había dado el primer bocado cuando los tacones de Lady Foxy se oyeron tronar por el largo pasillo. Estaba enfadadísima, algo le debía haber sucedido. No hizo falta preguntar, nada más sentarse a la mesa dio un largo suspiro y exclamó:

-"¡Mis amigas piensan que no tengo corazón!"

Mr. Goose que la miraba expentante, sonrió para sus adentros y sin prestarle importancia respondió:

-"Amorcito, quizá si dejaras de hacerles bromas pesadas y fueras un poquito más cariñosa..."

Lady Foxy cada vez estaba más enfurecida. Sí, realmente sus amigas pensaban que no tenía corazón pero si hubieran sido ellas quienes hubiesen hecho tal sentencia, no se hubiera sentido tan molesta. Sin embargo, fueron los marineros quienes, cansados de ser tratados como simples juguetes, se habían reunido ante ella dejándole claras sus intenciones: ninguno de ellos se acercaría a ella, ni a sus amigas, hasta que no demostrara que no era un ser carente de corazón.

-"¡¡O sea que no tengo corazón!!"

-"¡Reina mía, no le des más importancia a eso, aunque lo quisieras tú no eres un ser sin corazón ya que el mío te pertenece!

Al cabo de una hora Lady Foxy irrumpió en el salón donde sus amigas se lo estaban pasando en grande con los marineros. Caminaba orgullosa con su inmaculado vestido blanco manchado de sangre y sosteniendo algo entre sus dos manos. Una vez estuvo en el centro de la sala mostró lo que tenía en sus manos y con solemne rotundidad dijo:

-"Caballeros, he aquí la muestra de que no soy un ser carente de corazón, como pueden comprobar ustedes el corazón de mi esposo me pertenece."

Dicho esto, llena de orgullo y con la frialdad que le caracteriza, se sentó tranquilamente a esperar la réplica correspondiente.

Miriam Rodríguez

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