sábado, 27 de agosto de 2011

Agapornis



Miguel llevaba largo rato sentado en el sofá de su salón. No podía parar de resoplar y atusarse el pelo, de reclinarse y volverse a incorporar. El viejo sofá rechinaba como el violín de un loco y los vecinos aporreaban el techo pensando en una actividad bien distinta.

En la otra punta de la habitación, Justin, un agapornis de plumaje llamativamente azul, emitía un canto realmente desagradable. A sus pies yacía Jenny, su quinta pareja. Si pensáis que esta es la causa del terrible canto del pajarito estáis bien equivocados. Más bien sucede lo contrario: ni durmiendo Justin paraba de emitir ese irritante sonido. Había llevado a la muerte a 5 hembras contando a Jenny y estaba a punto de terminar con la relación de Miguel.

Hacía poco más de una hora que Mary se había marchado. Había sentenciado con el portazo la amenaza de dejarle y devolverlo a España si al volver el pájaro seguía con vida. Así que Miguel miraba el cuchillo sobre la mesita de la sala, luego la dirigía hacia la jaula y volvía a atusarse el pelo y a resoplar.

Él era un hombre de pueblo, concretamente de la provincia de Albacete. Desde pequeño había visto a su abuela matar los conejos con los que jugaba para echarlos al arroz, pero el día que trató de enseñarle a hacerlo cayó en redondo sólo de imaginarlo. “Yo no soy un asesino”, se repetía, pero como buen hombre que era, mejor dejarse tirar por dos tetas que por dos carretas, así que respiró hondo, se dejó caer en el sofá y empezó a pensar en quién podría cometer el atroz acto por él.

Después de largos minutos de divagación, Miguel por fin lo vio claro. Le daría al pajarraco el final digno de un rey. Lo metió en su transportín y salió de casa con él. Destino: La Torre de Londres.
En los jardines de la Torre, los cuervos de la Reina disfrutaban de los preciados rayos de sol del verano londinense. A Miguel se le encogía el pecho al ver lo grandes que eran en comparación a Justin. Éste revoloteaba de un lado a otro en el transportín y su canto resultaba aún más irritante. El chico abrió la jaula y discretamente dejó al pajarito con sus nuevos amigos.

De camino hacia el metro Miguel no podía dejar de pensar en lo que había hecho. Los remordimientos zumbaban por su conciencia. Pensó que lo mejor que podía hacer era concentrarse en Mary, pensar en lo felices que iban a ser a partir de ahora. Tan bien le funcionó que justo en la entrada del metro allí estaba Mary. Pero aquella sorpresa estaba muy lejos de ser agradable puesto que Mary se encontraba confortablemente rodeada por los largos brazos de un hombre de color. 

El chico no podía dar crédito a lo que estaba viendo. Un sinfín de sentimientos se desencadenaron en su pecho, pero la angustia de saber que había condenado al pobre Justin por su ceguera mental hizo que el resto se desvaneciera. Arrepentido, ignoró los gritos de Mary y corrió hacia la Torre, quizá aún estaba a tiempo de enmendar su error.

Al llegar, Miguel respiró aliviado al oír el insoportable trinar del agapornis, pero su marcha se detuvo en seco ante una visión aún más espantosa que la anterior: el pajarito trinaba como un desesperado rodeado de un montón de cuervos muertos.

Miriam Rodríguez

No hay comentarios:

Publicar un comentario