sábado, 17 de julio de 2010

Un crocodile dans mon cul


"Un crocodile dans mon cul"

Aquella mañana había quedado con Pep para tratar de buscar una solución a mi problema y en principio parecía haber sido la peor idea del mundo.
Nos tuvimos que sentar en la terraza porque el camarero me indicó que no se permitía la entrada de animales en el local.
Afuera todo el que pasaba esbozaba una risilla al verme. Un niño me señalaba musitando el típico "¡Mamá mira a esa señora!" Finalmente, un amable señor se acercó y me dijo:

-Disculpe señorita pero es que tiene usted un cocodrilo enganchado a su trasero.
-Muchas gracias, caballero, unos 80 dientes dan fe de que lo que me dice es cierto.

Sentado frente a mí Pep ponía esa cara de idiota típica de cuando intentas aguantarte la risa.
-No tiene gracia.
-Uy... sí que la tiene, tú no lo ves porque tienes un error de perspectiva.
-Lo que tengo es un cocodrilo enganchado en el culo y un capullo que en lugar de ayudarme se ríe de mí. ¿Qué hago yo con este bicho? Llevo tres días así y no se suelta. Los de Greenpeace me persiguen por si se me ocurre liarme a sartenazos con él y los del zoo directamente no se hacen cargo. "Ya se cansará" me dicen, como cualquier cosa que hagan puede interpretarse como maltrato animal no quieren saber nada...
-Pues no sé chica, "ya se cansará", jajaja...
-Muy gracioso, Pep, muy gracioso... ¿Caes en que el bichito lleva tres días sin comer? ¿Y si le entra hambre y decide terminar lo que empezó?
-Um...¿Ha intentado masticarte en algún momento?
-No, pero se pone nervioso cada vez que pasamos por el rustidor de pollos que hay frente a mi casa. Empieza a salivar y me deja la falda hecha un asco.
-Um... así que sabemos que tiene hambre y le gustan los pollos.
-Jum...
-No me mires así mujer, tengo un plan: Compra un pollo en el rustidor esta noche, lo dejas sobre la mesa de la cocina y te vas tranquilamente a dormir. Seguro que el bichejo no puede resistirse a ir a hincarle el diente al pollo y se olvidará de tu tierno culete.

Y eso hice. No me culpéis, situaciones desesperadas te llevan a tomar medidas absurdas. Lo peor de todo es que funcionó.
En cuanto el bichejo creyó que me había dormido liberó mi trasero de sus fauces y allí que se fue a la cocina. Me sentía tan feliz que estaba a punto de ponerme a llorar cuando de repente caí: ¡¿ostras y ahora qué se supone que tengo que hacer?! ¡Pep cuando te coja!
Pensé que lo más sensato en aquél momento era pirarse y dejar que los Greenpeaceanos se hicieran cargo del monstruito.
¡Ñiiiiiiaaaaac! Siempre que salgo y entro a casa me acuerdo de que a la puerta le hace falta aceite pero nunca me acuerdo de ponérselo, a partir de hoy dudo mucho que se me vuelva a olvidar. Jamás pensé que algo con las patas tan cortas pudiera correr tanto... sí, se me volvió a enganchar, como no, pero esta vez fue de un pie...

Cuando salí de casa aquella mañana un amable señor se me acercó y me dijo:
-Disculpe señorita, tiene usted un cocodrilo enganchado en su zapato.
-No se preocupe señor, es que llevo zapatos de cocodrilo, jeje...

Al final Pep tenía razón en todo: El Bichi quería pollo y yo tenía un error de perspectiva.

Miriam Rodríguez

1 comentario:

  1. ¡curioso cuento! jajaja y muy gracioso Miriam!
    Perdona que no te haya comentado nada antes. Vi tu mail hace tiempo, pero he estado muy desconectada de todo.
    ¿Cómo te va?
    ¡Sigue actualizando el blog a menudo! =)
    Alicia

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